

Desde las Constelaciones Familiares hay un tema medular que nos permite fluir hacia una vida más plena: “reconocer lo que es”. Tan simple, tan corto —cuatro palabras— y, sin embargo, tan profundo y difícil. Me parece que “reconocer lo que es” equivaldría, en parte, a un “es lo que hay” en nuestra cultura, pero con calorcito en el corazón, porque nosotros lo usamos más con dureza, con un tono de “aguántate”. En cambio, “reconocer lo que es” surge desde la paz del alma: la paz de mirar y aceptar, con humildad, sosiego, honestidad y sin disfraz, aquello que la vida me da y me ha traído.
Por ejemplo, reconocer lo que mi madre es o ha sido, sin exigencias, sin resentimientos, sin intentar cambiarla ni cambiar nuestra historia juntas. Porque eso no es posible: ella no va a cambiar, y nuestra historia tampoco se puede borrar.
Lo que sí puede cambiar —y eso sí está en nuestras manos— es la manera en que me coloco frente a lo vivido. Somos hijos de padres humanos; es decir, perfectos no son. Pero, aun así, la vida nos llegó de ellos. Sin su deseo, consciente o inconsciente, no solo no tendríamos una historia compartida: ¡no seríamos nada!
Y aún más: quien no pone a su madre en el corazón limita su posibilidad de éxito en la vida y también su capacidad de abrazar con el corazón a una pareja. La distancia entre mi corazón y el corazón de mi madre es la misma distancia que tendré con el corazón de cualquier otro ser humano. Es como si hubiera algo que bloquea el libre fluir del amor en cualquier dirección.
¿Que es posible vivir así? ¡Desde luego! ¿Cuántas experiencias conocemos de personas resentidas con su madre? ¡Muchas! Incluso algunas podrían parecernos personas que viven en bienestar… y tal vez sí. Pero fluir, fluir en el amor teniendo un resentimiento hacia el ser del que provengo, no es posible. Más aún, podría ser que el motivo de nuestro resentimiento sea legítimo, que nuestra madre realmente tenga pocas —o ninguna— de las características que permitirían considerarla una “buena madre”. O peor todavía: que no solo carezca de ellas, sino que alguna neurosis, resentimiento propio o adicción la haya llevado a comportamientos no solo malos, sino monstruosos. Porque, de que hay, hay historias terribles de madres abusadoras.
Y, aun así, les debemos la vida. Reconocer lo que es, en una situación así —incluso en las más extremas—, pasa por mirar: mirar completo, mirar lo complejo, lo doloroso, tanto para mí como para ella.
Un niño no puede mirar a su madre con toda su historia detrás; un adulto, en cambio, sí tiene esa posibilidad. No para justificar, sino para comprender un poco y, fundamentalmente, para aprender de su experiencia. Y desde ahí, poder decir: “Tu dificultad es tuya, la dejo contigo; tomo la vida que me llegó de ti para vivirla de buena manera y a plenitud, con el aprendizaje que me dejas.”
Ejemplifiquemos con este tema, porque es el de mayor complejidad. Después de él seguiría el del padre y, tras esos dos, cualquier otro asunto será “pan comido”, aunque el camino hacia la integración y la reconciliación sea el mismo.
Porque el verdadero reto es crecer, permitir que nuestra alma tome aprendizaje de todas las experiencias. Y, hasta hoy, lo cierto es que crecemos más desde la dificultad.
Reconocer lo que es y estar en paz con ello requiere mucho trabajo. Como decíamos, es mirar —mirar completo— con honestidad y sin tapujos, para después integrarlo a mi experiencia de vida, sin juicios. Esa es la verdadera fuerza, la verdadera integridad: el camino para fluir en plenitud
desde el amor.
Iniciemos el 2026 buscando la reconciliación con nuestro devenir en la vida, ¡con nuestros orígenes tal y como son!
Revista : CELEBRA
Edición: Diciembre de 2025
Dra. Ma. Luisa Rivera García
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