
Dice San Google que lealtad es la virtud de ser fiel, comprometido y dar apoyo constante a personas, causas o instituciones, incluso en momentos difíciles. Esta es la lealtad consciente, que se reconoce a simple vista en el actuar de cada uno.
Por otro lado, Iván Boszormenyi-Nagy y Geraldine M. Spark nos muestran, en su libro Lealtades invisibles, de Amorrortu/ Editores, otro tipo de lealtad: una que no es tan fácil de reconocer, que nos resulta invisible por ser inconsciente, que no es un acto de elección, sino más bien un compromiso con el sistema familiar —con el débil, con el excluido, con el maltratado del sistema—. No se reconoce a simple vista, aunque sí determina nuestras elecciones o posicionamientos de vida.
Y aún hay otro tipo de lealtades, más complejas, más difíciles de reconocer. Estas las reconoció el Dr. Berth Hellinger a través de su observación y las llama lealtades invisibles ancestrales. Estas también nos determinan y también son inconscientes; son compromisos no verbales que nacen de un amor profundo y primario, que busca mantener la cohesión del clan en un intento de sanar culpas, deudas, cargas o enfermedades ancestrales.
Antes de nacer, ya formamos parte de un intrincado sistema familiar al que ese recién llegado busca pertenecer. Desde un lugar muy primario, tenemos la noción de que necesitamos a quien nos sostenga en la vida y queremos ser parte del sistema. Y, en la búsqueda amorosa de pertenencia, jalamos y absorbemos lo no evidente, lo pendiente, lo no dicho, lo no resuelto.
El tema es que esta búsqueda amorosa puede convertirse en una limitante, una atadura, un determinante que no permita cumplir nuestras búsquedas personales.
Y no es tan fácil de reconocer, porque muchas veces vienen envueltas en secretos no dichos, enmarcadas en verdades a medias o disfrazadas de “legalidad”: “tu tía abuela murió al dar a luz”, en vez de “fue corrida por tu bisabuelo cuando se enteró de que estaba embarazada fuera de matrimonio y no volvimos a saber de ella”, o “nuestra fortuna es producto del trabajo de tus bisabuelos”, sin agregar que explotaron a los mineros, causando la muerte de muchos de ellos. Entonces, los descendientes pueden absorber el dolor de la tía abuela excluida o la culpa por los muertos en las minas de la familia, y desde ahí no florecer, queriendo hacer presente la desfortuna de la tía o en lealtad a los muertos.
Frente a este escenario, ¿qué hacer? Primero, ubicar y reconocer que ahí hay algo más profundo que no me permite fluir, y para eso son muy útiles las Constelaciones Familiares, porque nos muestran lo oculto. En la mayoría de los casos, sólo hacer presente a los excluidos, sólo reconocer su lugar, deshace el nudo: “Muchas gracias, porque gracias a ustedes nosotros gozaremos de un bienestar económico; en su honor, haré algo bueno con lo ganado” o “Reconozco lo difícil de tu destino, y con esto en mi corazón voy a hacer algo bueno para mí”. Una constelación muestra los nudos, los enredos que nos dificultan el camino hacia la plenitud. Dice el Dr. Hellinger que todo lo que nos complica la vida es amor, solo que amor hecho nudo, enredado en resentimiento, lealtades ancestrales y/o compromisos tomados desde la necesidad de pertenencia.
Lo más paradójico es que todos pertenecemos; desde el momento en que somos concebidos, ¡ya pertenecemos! Y es una pertenencia irrenunciable y contundente.
Si sabiendo esto, seguimos sintiendo una falta, un hueco, una incomodidad que no consigo llenar ni con trabajo excesivo, ni durmiendo en exceso, ni con excesos en comida, alcohol o cualquier tipo de adicción; o si vivo con angustias o depresiones sin aparente motivo, tal vez estemos enredados en algún tipo de lealtad inconsciente. Entonces, busquemos ayuda: siempre hay solución, solo hay que buscarla.
Revista : CELEBRA
Edición: Octubre de 2025
Dra. Ma. Luisa Rivera García
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