

De nuestra familia heredamos rasgos fisiológicos: color de ojos, de cabello o de piel. También estructura corporal, altura, delgadez o lo contrario. A veces esto nos agrada y escuchamos complacidos: “Tiene los mismos ojos de su madre”, o “se le nota lo Mendoza”, o “es igualito a su bisabuelo”.
Pero a veces no es tan grato, cuando los rasgos pertenecen al lado no bien visto de la familia y, entonces, que por mis rasgos me asocien a ese lado no será grato: “Eres igualita a tu abuela”, cuando esa abuela era la suegra incómoda u odiada por mi madre. Ella no me lo va a decir desde el halago, todo lo contrario.
Y más aún, es posible que esto lleve a enredos muy dolorosos y que la relación madre/hija esté siempre marcada por el rechazo que la madre, aún desde lo inconsciente, transfiera a la hija por su fisonomía.
Pero más allá, tomamos de nuestros ancestros (hasta siete generaciones atrás) patrones de comportamiento que, en general, no son tan evidentes. No lo son por cercanos: al crecer con ellos los “normalizamos” y se convierten en “nudos ciegos”.
Entre ellos podemos observar: hábitos de crianza; roles de género; creencias sobre el ejercicio de la autoridad; el concepto de amor, de bienestar y de familia; la visión de los recursos, el dinero o la prosperidad; estilos de comunicación; resolución de conflictos; maneras de lidiar con las emociones, cuáles son permitidas y cuáles nunca serán bien vistas; formas de manejar el estrés, desde la negación, el enfrentamiento o la fluidez.
¡En fin! Nuestra manera de posicionarnos frente al mundo y sus circunstancias estará influida en gran medida por nuestros patrones ancestrales.
Lo que en algunos casos nos acomoda y nos viene bien: mi propio ser, mi propia esencia, se adapta sin complicaciones a los constructos o patrones del sistema familiar… pero no a todos, o no todos esos patrones me “embonan”. Siempre hay un primo, un tío o yo mismo que no resuena con esos dictados, y entonces se empieza a complicar.
Una parte de mi ser quiere pertenecer. Todos sabemos, desde un lugar muy primario, que para crecer en este mundo necesitamos un grupo (aunque sea solo papá y mamá) que nos sostenga en él. El infante no tiene opción: se adapta con más o menos resistencia, pero no tiene la fuerza para oponerse a casi nada, por rebelde que sea.
En general, lo fuerte se presenta en la adolescencia, cuando ya empezamos a tener un criterio propio, más fuerza y conocimiento de nuestro círculo de adscripción y de nuestro propio ser. Y empiezan los choques. Desde luego, estos también estarán matizados por el temperamento propio, por la apertura o rigidez del sistema familiar y por el contexto social.
Es importante reconocer los patrones que me complican el fluir desde mi propio ser. Cuando sus conceptos son eso, “sus” conceptos, empiezo a marcar una línea divisoria que puede resultar dolorosa: una parte de mí quiere pertenecer y otra no. Aparece un dilema: o soy yo o soy ellos; escoja
lo que escoja, me va a doler. Y puede ser muy consciente mi elección o puedo simplemente irme alejando. Siempre hay un excluido, por decisión propia o por decisión del sistema: me convierto en “el cortado”, en la “oveja negra”, en “el raro”, etc.
Reconocer los patrones familiares con los que no hago “eco”, autorizarme la diferencia, es madurar; es convertirme en adulto al hacerme cargo de mí mismo. Esperar que la autorización venga de fuera me dejaría atrapado: aun si llega, quedo en dependencia. Primero me autorizo y luego, si es necesario, negocio. No es fácil, pero sí necesario, sobre todo cuando este choque interfiere con mi bienestar.
Desde las Constelaciones Familiares, el Dr. Bert Hellinger lo expresa con una frase tan contundente como reveladora: “Ser pasa por traicionar”. Y aunque el término es fuerte, también muestra un camino de salida: “En honor a ustedes (ancestros) yo voy a una vida plena. Miro sus dificultades, miro su dolor, miro el precio que pagaron y, con todo esto en mi corazón y en su honor, lo trasciendo. Que no sea en vano”.
Revista : CELEBRA
Edición: Febrero del 2026
Dra. Ma. Luisa Rivera García
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