

Cada vez hay más estudios, más evidencia, de la estrecha relación entre la salud emocional y la
salud del organismo.
Como decía una paciente, hace tiempo: “Me llegó una gripa descomunal que se extendió por meses. Y honestamente, me dio gripa porque fue el ‘bicho’ que me agarró primero. Me pudo haber dado cualquier otra cosa y hubiera sido igual de fuerte, porque, así como he andado después de mi divorcio, a mi cuerpo no le queda energía para defenderse de nada”.
En general, las enfermedades y sus síntomas son indicios de que algo no está “en orden” en nuestra vida. Desde luego, hay diferentes tipos de relación entre lo emocional y lo orgánico. Algún padecimiento podría tener un componente de mayor visibilidad en lo orgánico, aunque ninguno estará exento del vínculo con lo emocional.
Cada vez son más los médicos que remiten pacientes al área psiquiátrica o psicológica al no encontrar, desde lo orgánico, algo que justifique los padecimientos que el paciente presenta. Cada vez somos más conscientes de la relación entre la salud física u orgánica y la salud emocional.
Desde esta perspectiva, nuestro cuerpo se convierte en una especie de “tablero de control” donde se expresa aquello que no me permito reconocer en mi acontecer cotidiano: lo no dicho; lo que evado; lo que duele y cierro; lo que no reconozco; lo que es pesado y, sin embargo, no me autorizo a cambiar; lo que no defiendo; los abusos silenciados; etcétera.
Un ejemplo —de náusea por extremo— lo podemos observar en el caso de Gisele Pelicot, una francesa que fue, durante años, violada por su marido y por decenas de hombres, una vez que él la narcotizaba. Ella no podía dar cuenta del origen de sus malestares; no tenía conciencia de lo que estaba pasando. Fue su cuerpo el que lo gritaba a través de ataques de angustia, dolores de cabeza, lagunas mentales, mareos, etcétera. Su cuerpo decía: “Algo aquí no está bien”, “Aquí hay algo que debe parar”.
Puestos así, los síntomas, por fuertes, incómodos y desagradables que sean, son más amigos que enemigos.
Amigos, porque al reconocerlos y al mirarlos me permitirán poner nombre a lo que no he podido decir. Claro que no será un proceso simple; claro que habrá que trabajarlos, darle nombre a eso que he callado frente a los “otros”, pero sobre todo a mí mismo.
Lo interesante es que, una vez que logro reconocer qué es lo que los padecimientos quieren decir, más tarde o más temprano estos se irán diluyendo. Algunas veces será de un momento a otro; en general, es más un movimiento paulatino.
Pero la angustia, el insomnio, el dolor de cabeza o cualquier forma de expresión que lo no asumido tome va a ceder. Generalmente, solo con reconocer el origen, al nombrar la causa posible, ya es suficiente para que la angustia disminuya.
Desde luego, no se trata de dejar de atender lo orgánico, sino de saber que, si reconozco el componente emocional del padecimiento, la respuesta orgánica será más expedita.
Por último, es importante recomendar que nos escuchemos. No esperemos a que el síntoma haga crisis. Si algo no anda bien, aunque no sepamos qué es, busquemos resolverlo. Normalizar el malestar no va a solucionar nada; solo lo complicará.
Revista : CELEBRA
Edición: Enero del 2026
Dra. Ma. Luisa Rivera García
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